Son las seis de la mañana. La noche ya dio paso a la claridad, y un manto de nubes entre blancas y grises cubren la bóveda. No hace frío, ni calor. Está templado. Sí, creo que ese es el término correcto. Templado.
Me encuentro mirando la ciudad de Córdoba a través de la ventana, abierta de par en par. Los codos apoyados sobre el marco, una taza de café que humea en mi mano derecha. Miro el horizonte, teñido un poco con colores rosados, otro poco con colores amarillos. Pero nublado. Siempre nublado. Los autos pasan, lentamente. Un par de personas esperan al cambio de semáforo para cruzar la avenida. Pájaros que vuelan, cantos y graznidos.
Todo esto encuadra una perfecta situación, un momento de serenidad increíble. Respiro paz. Sorbo un trago del hirviente café y vuelvo a moldear eso que vengo rumiando, masticando con la mente estos últimos minutos. En menos de dos horas, tengo que entrar a rendir. En menos de 2 (dos) horas. 2.
Y señoras y señores, tengo el agrado de anunciarles que, nuevamente, he procrastinado.
Ahora que ya finalizó esta bella introducción, pasaremos a abocarnos al tema en cuestión: ¿Qué es procrastinar?
Este hermoso pero maldito término, es considerado por la Real Academia Española como... bueno, en realidad, no tengo ni la más mínima gana de buscar la definición exacta (estoy procrastinando, vió usté), así que imagínense que ya la copypasteé ahí arriba y todos contentos mentendieron?.
Lo que sí les puedo dar, es mi exacta consideración de lo que es procrastinar. Este acto de rebeldía mamera, de revolución de monoambiente, no es nada más y menos que el "dejar para otro día lo que en este preciso momento, te chupa un huevo y medio". Y nunca mejor dicho. Nunca mejor expresado. Andá a buscarla al ángulo, Neruda. Forro. Pero no nos desviemos del tema, volvamos a lo nuestro.
¿Por qué seleccionar esas preciosas palabras? Desenmarañemos juntos su significado.
Al referirnos sobre "dejar para otro día", hacemos hincapié en un perfecto estado de imprevisión e incontingencia en el cual no usamos el mañana o el pasado mañana, porque en realidad, nos importa poco y nada cuándo vamos a hacer eso, mientras no sea en nuestro amado presente. En tanto no tengamos que levantar un pie de la cama, o del sillón, o de la silla, el futuro se nos muestra como un abanico infinito de momentos en los cuales archivaremos con mucho esfuerzo todas esas actividades que implican un gasto mínimo de energía vital. Y mientras pensamos que "ya fue, otro día lo hago", damos vuelta la pagina del libro, o cambiamos de canal, porque obviamente este zapping no se va a hacer solo no?
¿Y por qué nos chupa un huevo (o un huevo y medio, dependiendo de la importancia de ese acto en concreto)?. La respuesta es simple y les sorprenderá: nos importa un carajo, un huevo, un bledo, un kinoto, un pepino o cualquier otro simpático sustantivo que quede bien, solamente por que hacer eso que tenemos que hacer, no nos brinda una satisfacción de resultado inmediato. No nos llena con esa idea de logro tan hermosa y que tanto anhelamos. Para muchos (y me incluyo), la vida se basa en la adquisición de toda sensación de superación y avance, de vernos conseguir algo a través de nuestros propios medios. Pero acá es donde está la trampa, la letra chica del contrato que no quisimos firmar. Todo va a estar bien, siempre y cuando aquello que logremos sea de forma efímera y sin esfuerzo. Porque, ¿acaso no es lindo cuando eso que buscás (o no), te cae del cielo como un regalo divino?. Está genial, y es innegable.
Y vendrán algunos y te dirán: "y hermano, las cosas se consiguen con esfuerzo, si te gusta el durazno bancate la pelusa". A esa gente hay que golpearla en medio de la cara. ¿Quiénes se creen para andar diciendo verdades por todos lados? A nadie le gusta la verdad cruda, disfruta más un necio de lo que no entiende que un sabio que lo comprende. Pero no nos vayamos del tema de nuevo.
Nuestra vida está marcada por esa filosofía de "rascarse hoy y lamentarse mañana". Y lo hacemos todos. Vos, sí sí, vos, el de allá. No tirés la piedra y escondás la mano. Ya sabemos que alguna vez en tu vida procrastinaste. Está en la naturaleza humana. Es algo que nos puede, no lo controlamos. La idea de procrastinar por la vida va también muy ligado a lo efímero. Es siempre elegir el camino más rápido, o directamente, quedarse sentado al costado de ese camino y hacer dedo esperando que a futuro pase alguien y te haga la gamba mientras te sacás la pelusa del ombligo. Porque no, no hay que mentirnos más. Todos tenemos pelusa en el ombligo. Y es horrible.
Y entonces, cerrando esta bella segunda introducción (sí, segunda introducción, porque una sola me parece muy poco) pasemos al verdadero tema en cuestión (ápa, qué cambio de trama ¿no?).
Rindo en dos horas. Y lo único que logré en esta semana, fue procrastinar, pasar de largo, tirar la pelota un poco más lejos día a día, para llegar a ese punto en donde no hay más futuro para esconder la mugre y nos queda solo el presente, en el cual no estudiamos nada y vamos más entregados que el violinista del Titanic. Y toda la semana estuvimos renegando, porque sabíamos que no estábamos haciendo nada. ¿Pero eso nos impidió procrastinar como buenos campeones que somos? No. Jamás.
Esta bitácora es de arrepentimiento. Bah, en realidad, no. La pasé bien. Arrepentido, pero bien. Ahora sólo nos queda aceptar la realidad, y como diría ese amigo que asumo ya fue golpeado en la cara y al que golpearás nuevamente: "a bancarse la pelusa no más".